DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO

Hermenéutica del leccionario para la Homilía Dominical

CLAVE CELEBRATIVA: Nos hemos reunido en este domingo vigésimo séptimo del tiempo ordinario, quienes cayendo en la cuenta de que el amor del Señor sobrepasa los méritos y deseos de nuestro corazón, libre nuestra conciencia de toda inquietud, y derrame su misericordia, para que obtengamos aquello, que no nos atrevemos a pedir.

 CLAVE BÍBLICA: Y por eso, haciendo nuestras las palabras del apóstol Pedro, reconocemos y aclamamos a Jesús, como la Palabra de Dios anunciada y encarnada en medio de nosotros y que permanece para siempre.

HERMENÉUTICA LITÚRGICA: La máxima manifestación del amor de Dios en medio de nosotros ha sido el misterio de su encarnación y permanencia en medio de nosotros (Palabra hecha hombre), pues asumiendo y elevando nuestra condición humana, ha derramado en nuestra naturaleza: gracia sobre gracia; como signo de su amor y su misericordia, y haciendo suya nuestra debilidad y enriqueciendo nuestra pobreza de una vez y para siempre, ha puesto su morada en medio de nosotros.

            La lección durante el gran viaje de Jesús a Jerusalén, en este domingo, tiene como punto de partida; la petición que le hacen sus apóstoles cuando le dicen: “Auméntanos la fe”. Situación que el Maestro aprovecha para hacer caer en la cuenta de ellos, que la grandeza de la fe es capaz de arrancar y plantar con la esperanza de ver realizado lo que se desea y anhela, pero cuando se limita uno, a decir y hacer simplemente aquello que humana y limitadamente uno cree poder hacer y sin fe, entonces nos damos por satisfechos, y no hacemos más de lo que tenemos o debemos de hacer y nos quedamos en la mediocridad conformista de alguien que espera a que le digan lo que tiene que hacer. El hombre de fe, es aquel que está en continuo movimiento, y motivado por su confianza en el Señor, siempre piensa en aquello que le falta hacer o debe mejorar. Pues la misericordia y la gracia de Dios van más allá, de aquello que pudiésemos imaginar, porque Él camina y permanece en nosotros como signo de su amor y fidelidad. Esta verdad estaba ya contenida en el libro del profeta Habacuc, cuando desanimado y desesperado ante la realidad que le circundaba cuestiona a su Dios y le dice: “Hasta cuándo Señor…?  hasta cuándo…?”. Y, Él le responde: “El justo vivirá por su fe”. De ahí que hayamos hecho nuestras las palabras del salmista cuando dice: “Señor, que no seamos sordos a tu voz… ni endurezcamos nuestro corazón… pues somos tuyos… ovejas de tu rebaño”. Y escuchando a Pablo en su carta a Timoteo nos invite a guardar este tesoro que habita en nosotros y consiste, en no avergonzarnos de dar testimonio de nuestro Señor, sostenernos en la fuerza de su amor y conformarnos en la fe que se fundamenta en Él.

P. Sedano

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