SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

CLAVE CELEBRATIVA: Cuarenta días después de la resurrección del Señor, según el testimonio del libro de los Hechos de los apóstoles, la Iglesia exulta de gozo y da gracias en esta liturgia de alabanza al Señor su Dios, por la gloriosa Ascensión de su Hijo Jesucristo, que es su propia victoria. Pues, a donde le ha precedido quien es su cabeza, espera también llegar con todos los miembros de su cuerpo.

CLAVE BÍBLICA: Y haciendo nuestra la encomienda del Señor Jesús que sube a los cielos y nos promete su presencia en la tarea de hacer discípulos a todos los pueblos, estando con nosotros todos los días y hasta el final de los tiempos; asumimos nuestro deber misionero y nos comprometemos a prolongar su presencia en el mundo hasta que Él vuelva.

HERMENÉUTICA LITÚRGICA: La contemplación de “Jesús Sacerdote que bendice a los suyos”, cuarenta días después de la pascua y retorna a la casa del Padre, para orar por nosotros en el santuario del cielo y enviar al Espíritu Consolador que nos ha prometido. Expresa la victoria de Cristo-Cabeza que anima la esperanza de su Cuerpo-Iglesia, en su misión evangelizadora, santificadora y de servicio, que peregrina en este mundo y prolonga su acción salvífica durante todos los días y hasta el final de los tiempos en quienes acogen y llevan la Buena Nueva del Reino.

Jesús en el evangelio de este día, da fiel cumplimiento a la promesa hecha a sus discípulos de encontrarse con ellos en Galilea y subir el monte, donde los había citado. El resucitado se acerca a los once para comunicarles o transmitirles el mismo poder que le había sido dado en el cielo y en la tierra para llevar adelante su misión en el mundo.

Jesús utiliza un imperativo para ordenar a sus apóstoles: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. Encomienda y promesa que provoca contemplación, postración y titubeo.

La terea evangelizadora de la Iglesia no es una concesión o un consejo, es un imperativo categórico que induce a la vivencia bautismo-sacramental que impulsa la moral cristiana y asegura la presencia y acción continua del Señor todos los días y hasta el final de los tiempos.

Vivir el proyecto de Jesús, supone vida sacramental, y ésta; evangelización y catequesis. No hay sacramentos sin evangelización, ni hay misión sin sacramentos. La tarea de la Iglesia y de todos, cuantos somos, miembros del cuerpo de Cristo, consiste en ir y hacer discípulos a todos los pueblos, injertándolos en el misterio de Cristo y de la Iglesia, y enseñándoles los misterios del reino, para que vayan y den fruto y su fruto permanezca para siempre.

Jesús sube al Padre…, pero su cuerpo permanece en medio de nosotros y continúa incansablemente su obra y acción en el mundo a través de los suyos, como lo escuchamos en el libro de los Hechos de los apóstoles cuando se presentaron ante ellos, aquellos dos hombres vestidos de blanco para recordarles la tarea-misión de Aquel que veían subir a los cielos y volvería para pedir cuentas de lo que les había encomendado: “… ¿Qué hacen allí parados, mirando al cielo? Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo, volverá como la han visto alejarse”. Palabras que el mismo Pablo repite a los Efesios cuando les escribe: Pido al Dios de Nuestro Señor Jesucristo les ilumine la mente para que comprendan cual es la esperanza que les da su llamamiento. Por eso, al unísono con el salmista y entre voces de júbilo y contemplando a Dios que asciende en su trono, vayamos a hacer cada uno la tarea que nos corresponda.

P. Sedano